Cuando una planea quedarse embarazada, o incluso cuando aún ni lo ha hecho (pero sabe que algún día querrá serlo), se plantea, además de una serie interminable de incógnitas, unas metas y unos principios inamovibles que llevará a cabo cuando su bebé salga al mundo exterior.
Principios del tipo… “no voy a dejar que nadie me diga como criarlo”, “lo vestiré así o asá”, “se vendrá conmigo a todas partes porque yo soy su madre y no me separaré de él”, o, la mejor de todas “voy a darle el pecho, mínimo, hasta el año” (já! que sepas que luego viene el mundo real, y tu hijo que es “mu terco”, y te “tiran al suelo los palos del tambaliche…”).
Y precisamente de este último principio viene a hablaros una servidora, que pretendía darle pecho a su hijo mínimo hasta que me incorporara a trabajar (unos casi 6 meses de lactancia), y tuvo que meterle un biberón (y así seguimos) a los 3 meses…
Ya se que no pasa nada, que los niños se crían igual de sanos, pero lo que realmente me frustra, y es algo a lo que voy a tener que acostumbrarme, es a que ya no todas las decisiones las tomas tú, sino que él es el que manda, porque, en mi caso, dejamos de dar pecho porque, no sabemos porque motivo, Raúl no mamaba bien.
A veces creo que por la postura, por el tema de la hiperextensión… No estaría cómodo… o porque simplemente se volvió gandul… sea como fuere, la cuestión es que cuanto mas me luchaba el pecho cada vez que lo ponía a mamar, más biberones le daba yo para que no se quedase con hambre (cosa que alguna pensará que es un error, pero os recuerdo que soy primeriza y una hace las cosas lo mejor que sabe/puede con la poca/mucha información de la que dispone).
Quizás yo misma me cargué la lactancia materna, quizás, aunque lo hubiese intentado y lo hubiera dejado llorar hasta que, harto, acabase mamando, él hubiera seguido prefiriendo el biberón. No lo sé, ni lo voy a saber ya, porque me resigné (y me acostumbré) a darle biberón.
Y os voy a decir una cosa, y aquí si que me estoy jugando que me den un pin (y bien grande, como solemos decir en el grupo de consulta), acabó gustándome hacerlo…
¿Por qué?
Porque podía delegar… Porque ya no tenía que sacarme la teta en mitad de cualquier parte (soy MUY vergonzosa con ese tema)… Porque Raúl ha dormido y ha comido mejor desde que lo toma… Porque ya no me siento tan mal porque mi hijo pase hambre… Porque ha mejorado mi relación de pareja y mis relaciones sociales (cada vez que salía a la calle era como una cuenta atrás desde la última toma, por lo que, como mucho, solía estar dos horas fuera de casa, si tardaba más, sabía que me tenía que sacar el pecho y me ponía nerviosísima…). Y un largo etcétera de beneficios…
Alguna me tachará como una de las peores madres del mundo (las más radicales), y os aseguro que, ni soy la única y que las hay peores…
Alguien me dijo una vez, creo que fue mi cuñada (muy pro de la lactancia materna y que se esmeró mucho en que no la dejase yo), que para que él estuviese bien YO tenía que estar bien, porque su bienestar depende del mío, como principal cuidadora que soy y con la que más tiempo pasa al cabo del día.
Y que razón llevaba… aunque eso supusiera el dejar la lactancia…
Como he dicho, desde que Raúl toma biberón, TODOS estamos mucho mejor (y si mi marido leyera esto, que no se si lo hará, os lo podría confirmar).
Él está sanísimo, hace su peso correctamente, de hecho esta hasta regordete… es un tragón, y yo con la teta no podría haberle dado tanto, en tan poco tiempo, como le da el biberón (que sí, que la teta no se acaba, ya lo sé).
Y como todos estamos contentos (menos nuestro bolsillo…), la vida nos va mucho mejor!
Así que, recuerda, puedes proponerte tooooodas las metas, hitos y proyectos posibles cuando quieres ser madre, que cuando llegue él/ella, te los desmoronará todos.
Besicos!!

2 comentarios en “La mamá que pretendes ser y en la que finalmente te conviertes…”